Mueve los dados sacudiendo el cubilete, ruega sacar el número más alto. Al azar se suman pochoclos en la tribuna, sonrisas y alguna que otra apuesta oportuna. Una dinámica entre diversión y azar que acabará por embriagar a los apostadores y devorar a los jugadores.
Un nuevo participante ha sido convidado a la mesa, pero los comensales no parecen muy contentos de compartir lo poco que queda con alguien más.
El invitado hace buena letra, empatiza con quienes están a su lado, trata de sumar, pero a veces, las sumas restan. Las mujeres refuerzan su labial, los hombres repeinan su barba, unas curiosas y otros atentos, a la espera de un impacto que Dios mediante no ocurrirá o al menos no de una manera agresiva, posiblemente complementaria. De manera positiva o negativa ambas posturas deben refugiarse en una ansiedad que los comulga, que los iguala. Las mejores apuestas son aquellas que prometen una gran ganancia o una gran pérdida, pero sin comprometer los activos de quien apuesta. Acaso quien tiene reparo al apostar si no tiene nada que perder?
Inspiración: Jugadores de cartas (2014). Miguel Peña.
Comentarios
Publicar un comentario