Habíame convencido de que debía marchar siempre hacia arriba.
Las escaleras me llevarían hacia una atmósfera más limpia, el viento de las alturas me envolvería como un paquete de flores para el día de la madre, y el ruido de la calle se escucharía tan despacio que me sentiría en el campo, aunque sentado en el pasto sintético de la terraza.
Pero, se puede vivir mirando como el mundo sangra desde la comodidad de una torre de marfil?
Podré subir cada vez más alto o de buenas a primeras, la hélice de un helicóptero me cortará la cabeza? La modernidad me obligará a torcer el cuello con sus techos de cristal, dejándome una espantosa tortícolis y una desesperanza cada vez más palpable.

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