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Mostrando las entradas de marzo, 2024
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Cómo puedo respetarte si no te veo? No te creo. Seguir las convenciones es caminar sin botas por un sendero inundado y con la garantía de caer tarde o temprano en una boca de tormenta. No sería mejor mudarme a una manada distinta que no esté marcada y así tal vez no sentirme tan hereje cuando sea yo mismo y camine por el fleje de la moral preestablecida? Cortar con tijera los ductos de comunicación hacia los reclamos conservadores y antiguos, que vuelven tradicionalmente algunas veces al año con sus rígidas pautas y monótonos deberes, donde la libertad se paga con limosnas y la paz se consigue con vacías oraciones recitadas de memoria, para un adentro que no escucha, para un afuera que colapsa. Gólgota (1900). Edvard Munch 
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Adoro las reuniones con los otros nobles, aquellos opulentos encuentros repletos de bienes materiales que no necesitamos pero que tanto poder nos dan. Incluso hasta un artista retrata nuestra fortuna y falsa alegría para sentirnos un poco más eternos, pues Dios bien sabe que nuestra carne se pudrirá bajo tierra, pero nuestro linaje persistirá en el diario íntimo del gobernante de turno. Manipulo mi copa y pienso en el mañana, acaso valdrá la pena todo mi esfuerzo? Tolerar aburridas reuniones con Lores para perpetrar absurdas alianzas y pactos de no agresión, mancharme las manos de sangre y luego limpiarlas con billetes, vivir al límite acompañado de los soldados más valientes, tomando cada riesgo únicamente para no vivir como el resto de los mediocres de mi raza, que se conforman con roer unos pocos huesos como si fueran perros hasta la llegada del próximo salario. Todo ese sacrificio para asegurar el bienestar de las futuras generaciones. El egoísmo me invade cuando tomo conciencia de...
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Dos pestañas se encuentran en un lagrimal, quiso el destino se desprendan de su lugar para viajar hacia un rincón incómodo, indeseable para ellas que dejan de recibir la suave brisa diaria y el calor del sol para vivir en un lugar oscuro, donde el huésped menos hospitalario se encargará de castigarlas con humedad para expulsarlas de su hogar. Mientras tanto el dueño de ese apartamento acudirá molesto con su dedo a refregar el ojo hasta restaurar el status quo de su visión, hasta eliminar la molestia que no lo deja apreciar el bello paisaje de Montevideo. Me pregunto: Es el destino el que nos deja caer en lugares incómodos o somos nosotros quiénes vamos siguiendo, como Hansel y Gretel, las migas de la ruta de la incomodidad?
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Escucho un piano en mi cabeza, las notas son similares, rondan en la misma escala, se repiten súbitamente. No es Bach, no es Beethoven, no es Chopin, no es Mozart. Ausculto dispositivos electrónicos pero el sonido no sale de ellos, salgo a la calle y el eco del silencio me saluda montado en la neblina que tiñe esta triste mañana. La melodía persiste, varía su cadencia, acelera la marcha y luego vuelve a suavizarse como si fuera una película de suspenso. Parece un auto a punto de estrellarse y la consecuente vida se manifiesta en el retrovisor. Me siento, me acuesto, cierro los ojos y nada parece silenciarla, su voz viene a través del horizonte, no tiene paz. El murmullo de quienes me observan recorrer mi cuarto de un lado al otro se hace presente. Mis pies soplan las pelusas en un fatídico ir y venir, los mosquitos vuelan en una dirección y deben recalcular la trayectoria, mi gato volvió desde el quinto sueño para observarme molesto con ojos entreabiertos, el marcapasos se sorprende pu...
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Por la mañana noté que mis ojeras se habían engrosado, lo hubiera dejado pasar pero lo curioso es que solo un ojo tenía una de un tamaño significativo, la otra mantenía medidas inversamente proporcionales a las escasas horas de sueño. Dejé pasar las horas, dejé pasar un día y la ojera derecha seguía creciendo. Fiel a mi condición de ser humano, decidí apretarlo. Se sentía algo blando, cedía ante la presión de mis dedos, por lo que decidí hacer un poco más de fuerza y de una manera repugnante saltó el lagrimal como corredor de obstáculos y se posó por fuera. Al principio creí que era una burbuja, luego noté que tenía forma de gota. El instinto me susurró al oído que tome una aguja, la empape en alcohol y proceda a desinflar esa masa transparente. Para mi sorpresa, la aguja no la perforaba, desistí después de 5 intentos y pensé que la gravedad y la fuerza de mis párpados podrían hacer que caiga como granizo del cielo. Contra todo pronóstico siguió ahí, colgando de mi ojo. Pasaron semanas...
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En el viejo aljibe tiraba piedras pues ya no tenía monedas. Mi monedero se cansó de que mis deseos queden solo en pretensiones y no en hechos. No tenía más lágrimas para derramar y mis esperanzas duraban menos que el silencio en plena avenida. Ni los letreros se encendían, ya no querían contabilizar mis pérdidas. Las ramas se deshacen, caen de los árboles pero nadie las está podando. Siento un temblor en los tímpanos, cubro mis oídos con las palmas de mis manos, como si saliera música de ellas, pero estoy tratando de evitar el sonido punzante que me acerca el destino. Cierro a su vez los ojos para obturar el presente, para cancelar ya dos de mis sentidos, pero todo es inútil, las hojas caídas me envuelven en un remolino, las tazas de café se mueven cada vez más rápido, se tambalean y hacen sonar los pequeños platos que las sostienen, sucios ya después de tantos años. Los hombres conversan cada vez más fuerte, callan las voces de las mujeres que parecen no existir en este cuento. Confli...