No hay censura más eficaz que la impuesta por uno mismo. Quiero hablar, pero no quiero ser oído, quiero escribir pero mis palabras tan cargadas de metralla dejan charcos de sangre a su paso. Se necesita responsabilidad y mesura para no lanzar oraciones desafortunadas en cualquier dirección. No quiero herir los tímpanos de quienes tienen la sensibilidad y la amabilidad de oír, tampoco quiero irritar los ojos ni estimular lagrimales a mansalva, mucho menos provocar descargas de kilos y kilos de fuerza de mandíbulas, aunque sí me declaro totalmente culpable de desenredar pensamientos, de pretender ser el príncipe de bellas durmientes cerebrales o de avivar las llamas de los hornos de la memoria. Maldito sea el escritor de mi destino que no tuvo conmigo la compasión que yo tengo con el resto! Malditos los pensamientos que se alborotan y canturrean rogando salir a través de mis dedos, pues si no hay tinta, empañaré un vidrio y escribiré con mi aliento, o bien con un palo escribiré el solilo...