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Sobre los pensamientos negativos

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Hay un punto impreciso e incalculable en el que la expresión del odio y la bronca deja de ser una forma de catarsis y pasa a convertirse en una molestia permanente. A partir de ahí, ya no libera; ocupa, invade y termina por adueñarse de este canal reducido que es la comunicación. Reconocer ese punto es clave. En el mejor de los casos, uno podría volver a un estado donde expresar alivie, donde lo dicho no deje residuo. Pero cuando en nuestra lengua solo dejan un gusto a café quemado, es señal de que algo dejó de funcionar. Solo un derrotero en espiral hacia el colapso. Si no hay retorno ni posibilidad de equilibrar la ira personal, mejor callar, mejor soltarla por otro canal, pues si continuamos extrayendo agua de una cuenca prácticamente seca, más temprano que tarde flotarán los peces en agonía. Somos responsables de nuestras palabras y debemos ser considerados y conscientes de quién nos escucha. Muy probablemente seamos inmunes a nuestro veneno, pero el resto tendrá el antídoto? No lo...
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Me niego a comer. Aquel acto de meter trozos de naturaleza muerta en mi cuerpo presuntamente vivo es una contradicción sin precedentes. No encuentro la dignidad que justifique alimentar mis tripas y células con algo externo, arrebatado de manera interesada y mercantil a este pobre mundo. Robar energía para sostener un cuerpo que hace tiempo murió me parece un acto descarado. Dar combustible a una maquinaria que más tarde contaminará el entorno con sus inevitables desechos es la calamidad de la humanidad. Lubricar los engranajes con poco más que unas sucias monedas y un poco de trabajo no justifica en lo más mínimo el aporte al sol, a la existencia. Y, sin embargo, el hambre insiste, golpea con paciencia. No pide permiso ni ofrece argumentos. Simplemente vuelve, una y otra vez, como si en ese gesto bruto se escondiera una verdad que mi desprecio no logra disolver. Quizás la comida no sea la contradicción. Quizás sea yo. Este cuerpo que niega mientras exige, esta conciencia que desprecia...

Un odio feroz recorre mis venas

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Cada vez que te escucho, mi instinto animal se activa, tengo deseos prehistóricos de estallar una piedra contra tu cara, de arrojarte la lanza que afilé con tanto ahínco por semanas. Achico mi humanidad, la guardo como quien guarda la ropa de invierno ante un calor agonizante, no la voy a necesitar. Corto los frenos de mi cordura y acelero en la vía rápida de esta furia. He de aprontar una buena fachada para mi acto, usaré tu debilidad carnal para acercarte mujeres mercenarias y sin escrúpulos que te sacarán hasta el último centavo. Verdaderas estrategias que no podrás anticipar ni en tu mejor momento de cordura (si es que existe alguno). Cuando vengas hacia mí pidiendo ayuda, prestaré un oído sordo y seco, te daré el consejo más genérico y estandar que pueda existir, fingiré una cara de pena para ocultar mi regocijo y, cuando te des vuelta, soltaré los resortes de mi risa a carcajadas y abriré la boca a tope para expresar mi satisfacción. Me detendré cuando te vea agonizando, destruid...

Tensión occipital

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Luego de una difícil jornada laboral, donde la mala suerte ha metido la manzana podrida en el cajón, decido levantarme, ya es hora de desconectar mi vida de la sanguijuela cotidiana. Menuda sorpresa cuando una espantosa sensación recorre por completo mi cuerpo. El mareo es tal que debo acostarme sin más en el suelo, el techo me parece cercano, a pesar de que la arquitectura demuestre lo contrario. Las paredes me comprimen, el oído chilla sensible luego de eternas llamadas, insulsas conclusiones, absurdas decisiones que no llevan a nada. Nada más que decir, nada más que hacer. El corazón toca la puerta de mi pecho y mis ojos levitan como cuerpo sobre el mar. Debajo, unas hormigas desean salir, continuar con su travesía, cumplir su destino, como yo alguna vez. Necesitaré mucho oxígeno para liberar esta tensión, para recuperar el aliento. Necesitaré un buen café para aplazar la fatiga, un irlandés para olvidar o un vino para sanar. Relación de dependencia. Una piedra más al mar. Otra arru...
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Esta tarde me encontró en una cafetería con un libro y un café. Y sin darme cuenta, el mundo empezó a retirarse lentamente. Las voces de las parejas se volvieron susurros, el tiempo más voluble, los meseros me ofrecían delicias pero yo no deseaba nada. Cuando uno lee así, de verdad, ocurre una pequeña soberbia silenciosa: de pronto no echamos a nadie en falta, no lamentamos que nadie nos escriba. El yo alcanza una especie de autosuficiencia pura, elevada, orgullosa. Ahí aparece inevitable la tentación: creer que se ha evolucionado a un estado superior, a una suerte de nirvana donde todos sobran en este vaso... Pero las burbujas desaparecen pronto. Al salir, tropecé con la realidad. Caminé unas cuadras, el libro quedó cerrado bajo el brazo y la nube empezó a disiparse. Y entonces pasó algo curioso, abrí mis oídos en búsqueda de voces ajenas, para que algo de ese silencio ganado chocara con mi vida. En ese momento entendí que el café y el libro no fueron motores de mi egoísmo. Aquello fu...
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Los recuerdos se apelmazan como la pila de trabajo que queda por hacer. Todo reclama la inmediata atención, pero bien sabés que es un lamentable juego de suma cero. La batería a esta altura del año está hinchada, está agotada, se agota más rápido que los saltos de una piedra sobre el agua. Para colmo los cargadores están hirviendo, sospecho que alguno estallará y será un gran espectáculo. Primero veremos a un buzo quedarse sin tubo de oxígeno y luego al buzo agotando sus pulmones, una tragedia sin precedentes. Al igual que la estupidez de tu jefe, el líquido de ese suero nunca parece acabarse. Va gota a gota llenando tu torrente sanguíneo y las alucinaciones se intensifican cuando en tu mente se mezcla con el estrés, eso sí que no es un juego de suma cero. Es un juego de dados que puede sacar un número alto de explosión mental o dejarte como una Gazania en día nublado. Desatado o balbuceando lanzarás improperios, cuya virulencia será invariable aunque el tono de dicha expresión suba o ...
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Una pared infranqueable nos deja inofensivos de este lado. Es inútil que peguemos los oídos a estos ladrillos, nuestros vecinos se han aislado, se manifiestan en silencio en un mundo digital. Pero la suerte nos tomó el pelo. Mientras allí quedaron recluidos humoristas y payasos, aquí nos acosan novicios del stand-up. Una parva de adultos narcisistas obstinados en contaminar acústicamente cada pedazo de este aire, que no es mucho. Pobres de nosotros que, tomados de la mano, nos aventuramos en un río de dióxido de carbono atorado de palabras sin sentido y lamentos modernos. Extrañamos el cine mudo, la reflexión frente al espejo o el reparo de un árbol que da sombra y al mismo tiempo libera el pensamiento en pleno silencio. Que delirantes nos hemos vuelto que el único antídoto que encontramos al dolor de oído es el método Van Gogh. Ghetto (1947). Mosze Waldman