Quise armar un camping en el balcón de mí hogar, un picnic como los de antes, con manta, platos y vasos de colores, pero me faltaba un gran ingrediente... La naturaleza... La naturaleza en todo su espectro. El sol, el pasto, las hormigas, la tierra... El agua que forma barro en las muescas de mis zapatos, los olores a miel de los panales cercanos y la sensación de libertad, sin rejas a mis costados, sin barandas que contengan mí impulso o tendencia suicida. La banquina de mí mente no es para nada física, no son las paredes de mí cerebro ni los huesos que lo componen, es la misma mente, los pensamientos que giroscopean, regulan y mantienen cerradas las reclusas de mí víctima alma. Saltar el alambrado y correr en dirección contraria hacia donde se dirigen esos coches es lo que me salva en estos tiempos modernos, de gente alienada y sin más ojos que para sus pantallas, no importa el tamaño. Maquillan sus rostros con promesas de juventud, tapan sus oídos con canciones sexistas creyéndose t...
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Por
Martín Bassi
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Me siento nuevamente inquieto, como un pariente de un paciente que nada puede hacer más que sostener y comprimir entre sus manos, su triste abrigo. Una tarde fría que no necesita del calor de esa prenda ya que el sudor la abriga. Estar como bola sin manija, como robot sin propósito o soldado sin guerra, vuelve ansioso al más sereno o traicionero al río más calmo. Es el ruido que irrumpe en la sesión de yoga, la curva de la figura alcista, el anti clímax, la tostada que sale quemada, el grano en la frente de un adolescente, la papa verde del paquete reducido, el hongo más prominente que se asoma en el queso o el gusano que parasita y sobrevive en la manzana. No hay reset ante este juego, no hay barajar ni dar de nuevo, no hay amuleto ni pata de conejo. Quien quiera vislumbrar soluciones en esta noche cerrada de invierno, será bienvenido sin mayor expectativa ni emoción por un ser apático.