Estamos aquí reunidos para platicar sobre el soporte físico y emocional que brinda la carne humana a la megalómana idea de la mente.
Qué sería de la paciencia y el descanso sin ese cuerpo que reposa? Qué pasaría si la mezcla cada vez más heterogénea de ideas y principios no encontrara boca para hacerse oír? Serviría igual un cuerpo mudo u otro con gran caudal de voz? Qué pasaría si ese cuerpo se quedara arrojado en algún basural? Si su vida no vale nada, por qué habría de hacerlo el pobre aire que empuje desde su diafragma?
Entenderá usted que el poderío de esa masa vale por su apariencia. Cuando madure, disipará aquella ilusión que venda sus ojos y lo hace ignorar la realidad del mundo en el cual vivimos. Comprenderá que es más rentable invertir en cirugía estética que en asquerosos y mundanos libros de feria, que solo congregan cabellos y pedazos de piel muerta de sus dueños anteriores. El camino virtuoso del éxito empieza por el peldaño de la simpatía más que la introversión, por la conquista de una princesa que habla y no dice nada, que se emociona con algo mundano, inculta pero fácil de apalabrar, inocente, fácil de embaucar. Llorarán tus recuerdos observando dónde estás y en qué te convertiste, pero secarás sus lágrimas con gruesos billetes, con finos paños de lino que acarician tu frente y turbios licores que descansan en el vidrio del pasillo.
No cualquiera sostiene la bandera en lo alto, no todos son aptos para el capital.
An die Schönheit (1922). Otto Dix
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