Luces verdes, rojas y azules parpadeaban fuera. Mi niño interior emocionado creyó por la fecha en la que estamos que acudiría al paseo de un árbol navideño callejero, pero una desagradable sorpresa lo hizo volverse a su cuarto.

La policía y la ambulancia estaban ahí. Acciones rápidas, parálisis, caras compungidas, caras serias y acostumbradas a ver sangre correr por las calles colisionaron en la esquina traicionera o peligrosa.

La desesperación por dar un movimiento contundente y acertado en el tablero de la medicina opacaban los reclamos legítimos de unos ciudadanos que, superada la etapa de shock, canalizaban la rabia y la tristeza como indignación hacia los gobernantes.

Los semáforos que no se colocan, los lomos de burro que nunca llegaron o alguna señal de cruce peligroso que se extravió en la penúltima tormenta y nunca volvió a emplazarse.

El dolor inconmensurable, los sollozos de la víctima, y la repugnante y por desgracia cercana posibilidad de que la muerte se manifieste ante él reclamando su alma, alcanzaron para dibujar un sombrío escenario que deprimió y unió en llanto al niño interior y al adulto exterior, por más que él se esfuerce por contener sus lágrimas hacia sus adentros para evitar recordar la finura de su vida.




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