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Mostrando las entradas de abril, 2024
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Bajamos juntos a desayunar, un vaso de leche para ti y un café amargo para mí. Aunque compartimos las mismas galletas de miel, afortunadamente nuestras manos se cruzan en el paquete y se produce una conexión entre tanta asimetría. Mientras yo leo el diario, vos dibujas con crayones. De vez en cuando miro de reojo qué estás haciendo, y es que tu imaginación proyectada en esa hoja es muchísimo más interesante que las noticias policiales o económicas. Dibujás una niña, un corazón, unas nubes, y un enorme sol, pero mi racionalidad y mi absurdo elitismo me llevan a reparar en que el sol está desproporcionado en relación a las nubes y que el corazón está torcido, por eso los adultos no deben entrometerse en los dibujos de los niños, solo deben observarlos y atenderlos con curiosidad para alcanzar la cercanía. Quién sabe si leíste mi mente, pero sin mirarme retocaste el corazón, lo agrandaste y ahora quedó como esperabas o esperábamos. Bien quisiera tener tiempo para redibujar nuestro corazón...
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He de confesarme, añoro esas tardes de otoño contigo. Compartíamos pitadas sobre un colchón de hojas secas que crujían con cada risa. Por momentos nos invadían insectos variopintos pero inofensivos, los agresivos en ese tablero eran otros. Mirábamos el cielo mientras el sol iluminaba nuestros pómulos, me daba lástima, no contaba con la suficiente fuerza para abrigarnos y por eso llevabas esa manta rosa que abandonaste al comenzar la primavera. Tu risa decoraba las pausas de mi relato y tu boca se volvía más tentadora a cada minuto. Recorríamos las calles del barrio sin rumbo exacto, viendo los autos pasar, los negocios cerrar y cerrada también la noche, solo las luces atestiguaban el encuentro de nuestras manos. Alguien de lejos nos creyó una sola persona, una única silueta en su corto horizonte, y fue de hecho un acierto poético. Todo era jolgorio hasta que la historia volvió a repetirse, perdiste tu encendedor en la plaza. Un lamento profundo me invadía cuando sabía que me quedaba si...
Volver del conflicto no siempre es bonito. Se busca entre la multitud la empatía negada durante la contienda, pero en lugar de encontrar la calidez se encuentra la miseria humana. La indiferencia y el individualismo se apoderan de sus almas y se manifiestan en máscaras de porcelana, frías y rígidas en apariencia, pero frágiles ante la minúscula señal del perjuicio. Cuando quieras dedicarte a tomar tu café, empujarán tu silla manchando tu ropa, llenarán de gritos tu espacio personal y cuestionarán tu silencio sin comprenderte, sin reconocer tu gallardía ni tus heridas.
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No pude dormir en toda la noche sabiendo lo que venía en mi agenda. Una escalada de situaciones desagradables y difíciles ocurrieron al despertarme. El espejo mostraba una profunda tristeza y en concordancia elegí un atuendo pertinente. Disfrazarse de luto es solo el postre de este nauseabundo plato principal. Solo el café puro comprado entre lágrimas es más negro que los sentimientos que me invaden, solo mi alma entiende el dolor que siento. El vestido no tocaba el suelo, mi sombrero no dejaba que la luz del sol cubra mi cara, solo el calor permeaba los guantes de cuero mientras el humo del cigarro ocupaba el espacio que las cuerdas vocales cedían con indiferencia. Una mezcla de sabores amargos, ácidos, metálicos como la sangre, putrefactos como la carne, insípidos como el vacío. Cerca del lecho de muerte (1915). Edvard Munch
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Luego del colegio, una niña pequeña fue al parque a remontar su barrilete. Se elevaba como un globo de helio, buscando naturalmente la compañía del viento, la libertad de la altura. Sería en sí misma una dulce fotografía cotidiana, pero el barrilete es mi mente y quién lo mantiene unido a la tierra sos vos. Qué sería de mi cordura sin vos? Cómo te divertirías sin mí?