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Lápiz y papel, manos a la obra

Me dedico a dibujar todo tipo de figuras espontáneas, productos de mi inconsciente más profundo. Pero al querer dibujar algo tan simple y ordinario como una circunferencia, me siento incompetente, incapaz. No puedo comprender como algo tan determinante puede ser tan difícil de definir, tan ambiguo, tan indescifrable. Comienzo sospechando que la culpa es del grafito -la culpa siempre encontrará asidero en el exterior- o de la hoja que tiene un relieve que no permite la conclusión. Pero más temprano que tarde caigo en la cuenta de que mi espíritu no lo asimila, de que mi mano se resiste a tomar esas cartas, a mover esa pieza, a dar un paso firme. "Ciego aquel que sin vendaje ni ropaje se encuentre al borde del precipicio, sin voluntad de caer, sin nadie que lo empuje y lo acerque a su destino" me dijiste esa noche, y esas palabras acudieron a mi encuentro.
Imagen
Pierdo el tiempo removiendo la hojarasca con los pies, como un sabueso apego mi hocico al suelo siguiendo tu rastro. Los diarios me informan que no pasaste por aquí, que sigo la pista equivocada. Me dejo caer en la hierba, bebo un largo trago de agua y simulo estar en tu mente. Sustentado en la empatía, trato de pensar como lo harías vos, trato de imaginar dónde estás. La sepultura de tus padres, la plaza de tu infancia, el faro de tu adolescencia... Las posibilidades se amontonan y con ellas mi desesperación, mi desesperanza. Acudo a la biblioteca y junto a la chimenea me siento en la alfombra. Detengo los dedos en cada fibra, cada centímetro de la piel de ese noble cuero, como si buscara la información que se perdió, pero lo único evidente es tu ausencia. La realidad se me ha vuelto un cubilete mareado de dados, una aguja pinchada, un saco roto del cual mis monedas se escapan. Fortvilelse (1894). Edvard Munch