La muerte por correspondencia produce desconcierto, llanto, la necesidad de viajar, la imposibilidad de hacerlo en función de la rutina y de la distancia que siempre aprietan pero que en situaciones apremiantes de este calibre, logran vestirse de un capricho pocas veces visto.
Presenciar una muerte es diferente, es algo increíblemente doloroso. Ver como el último suspiro de un ser querido escapa de su boca, notar como su cuerpo comienza poco a poco a enfriarse, su corazón se detiene y su sangre deja de moverse para estar solamente depositada en sus venas, como si de un envase se tratase. En ese instante solo queda un frío final y el silencio más insoportable, interrumpido por el llanto más profundo de nuestro egoísmo, por nuestra impotencia, por la desgracia.
La segunda etapa del silencio es una fría aceptación, teñida de esporádicos sollozos que vuelven de la mano de los recuerdos recientes. La tortura de la memoria de corto plazo y su retorno recurrente moverán la daga clavada en nuestro pecho y abrirán las canillas del llanto, las compuertas de la represa. La sangre volverá hinchada a nuestros ojos, la desdicha colmará los párpados y la oscuridad encontrará un hogar en nuestras ojeras.
La tercera es una palmada en el hombro de la rutina, un llamado a la acción. Los médicos confirman lo que hace horas uno entendió. Empiezan los trámites. Con las cicatrices de las lágrimas, uno se encuentra de buenas a primeras consumiendo, eligiendo el ataúd más económico, el de mejor porte, el de mejor material, el "de oferta", el de promoción. Mientras el alma a gritos cuestiona cómo se puede tomar una decisión así cuando el luto recién comienza. Un asco brota desde lo más profundo del ser al escuchar como el vendedor remarca la importancia de la madera con la que fue echa, a la par que justifica la cantidad de ceros que dibuja en el presupuesto.
La cuarta es la oda al final. No quedan lágrimas que derramar, o al menos uno no quiere dejarlas ir, no quiere quebrar su alma en más pedazos. Su nariz está fatigada de tanto sorber y el amor propio es lo único que nos rescata del ambiente inhóspito de la morgue.
La quinta y la permanente será poner un pie delante de otro, recibir las palmadas de la rutina y seguir adelante recordando momentos felices. La nostalgia toma el lugar que la tristeza tanto monopolizó.

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