Desde lo alto de esta montaña veo las camionetas pasar por la ruta. Con los binoculares invado la privacidad y penetro los parabrisas husmeando los rostros de los conductores. Mis parientes aborrecen desde el cielo esta intromisión, pero si fueran tan omnipotentes como supongo, se darían cuenta de que mi objetivo no es fisgonear, es encontrarte. Ardua tarea en esta sociedad donde todas las hormigas se parecen, todas tienen patas, todas caminan apresuradas, pero solo una tiene los ojos que busco, solo una reúne en unos cuantos centímetros un manojo de rasgos que desencadenan en mí, una estimulante ráfaga de sentimientos. La constante vigilancia se detiene solo ante fatigas oculares, pero retomo mi actividad tan pronto como mi naturaleza lo permite. Aunque una vez me atrapaste, alegaste que pasaste de noche cuando volvías cansada del trabajo y en una contra vigilancia me viste lejos, en el mundo de los sueños, y yo no pude más que admitir la verdad, excusándome en los límites del humano,...
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Mostrando las entradas de abril, 2025
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Martín Bassi
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Si tocas mis párpados sentirás el infierno, si tocas mis piernas el más crudo invierno. En esta noche lluviosa me acompaña una vela apostada, firme como soldado ante su coronel. Mientras tanto, me dispuse a releer tus cartas, la caja está en el suelo, las flores en los libros, el amor en los cuentos. Una vez más me sorprende la gran obra de teatro que montamos. No dejamos recurso sin utilizar (nunca fuimos tan originales) sin embargo, tuvimos momentos únicos que llenarían de envidia al más galardonado guionista de Hollywood. Empero, qué cualidades deberíamos haber esgrimido para que este frágil cristal siga vivo? Quizás el cariño que forjamos era de una aleación impura que no era inmune a todo impacto. Tenías razón cuando en tu última carta esbozaste un agudo proverbio: "El desgaste del tiempo corroe hasta el acero más inoxidable". Devolver el papel a su origen respetando fielmente sus pliegues sin dificultad alguna, recorrer mi nombre en la tinta como si estuviera escrito en...
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Martín Bassi
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Tu puerta estaba entreabierta y de manera imprudente, la curiosidad me invitó a pasar. El reloj ocupaba el espacio con su latido y su estridente sonido delataba que nadie estaba dentro, mis nervios se dispararon y sentí la fría sensación de que estaba invadiendo tu intimidad. Volví sobre mis pasos y dejé mi olor y un cabello al toparme con la campera del recibidor. Cerré la puerta, dejando las huellas en el picaporte, miré hacia el ángulo superior del pasillo y la cámara me registró plenamente en su cinta, esquivé su mirada pero ya era tarde. Aparecí en la escena del crimen, salí en tus diarios, fui el principal sospechoso de haber manchado tu más pura ideología con mis cuestionamientos y tu inocencia con la rebeldía de ideas antiguas y malditas. Las pruebas me encuentran culpable.
Ya no quiero escucharte
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Martín Bassi
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Tu arte de poner palabras en mi mente para aumentar la tortura del subconsciente ha colmado mi paciencia. Tu audacia me fuerza a abdicar, tu insistencia doblega mi coherencia y tu negativa compromete mi lógica. No recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí desapegado, solitario en una foto grupal, absorto en un guiso de pensamientos donde la sabiduría era el condimento y los autores nuevos revolvían y evitaban así que se pegue el fondo de la olla. El entretenimiento y las voces del ruido ambiente me encontrarán desarmado y débil ante su tentación, elijo subirme al tren de la inspiración y que me lleve a pasear el sonido en frecuencias y paños menores. Dame im Sessel, schreibend (1929). Gabriele Münter