Escucho que golpean la puerta, hay ruidos afuera. El alcohol me agudizó el olfato pero no huelo nada fuera de lo normal. Será algún truco del visitante o solamente estoy muy ebrio? Por la mirilla no veo nada, ha de ser alguien pequeño, quizás no golpearon aquí, habrá sido en otro apartamento (persigo el auto convencimiento). Pero la puerta suena nuevamente y mi gato con curiosidad y expectativa se apostó en la diagonal de concreto con una mirada atenta. Abrí la puerta y para mi sorpresa no había nadie allí. Cerré la puerta para continuar con mis tragos y mi baraja, pero el clímax se había quebrado. La radio se quedó sin batería y sin música empezaba a impacientarme. Iracundo y ansioso absorbía el aura a mi alrededor y de repente la luz se volvió más tenue, el silencio provocó la cólera de los ignorantes, comencé a pensar. Me acribillaron bandadas de pensamientos, regimientos de ideas, incontables flotas de recuerdos que atravesaron la manteca de la memoria como cuchillo templado a las brasas. Aturdido, me aquejaron palabras en alemán, como submarinos que penetran el mar. Sentí que mi mente era una piscina que estaba a punto de desbordar y en un acto de absoluta epifanía, hilvané frases hechas, estrofas de canciones y guiones de películas de Weimar, como si todo el pasado quisiera hablarme en una lengua rota.

Un eructo llegó como punto final de esa catarsis, me sentí distendido, asombrado, pero algo nublado, que había pasado? Habrá sido la voz del destino?

Bildnis der Journalistin Sylvia von Harden (1926). Otto Dix

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