De niño, el olor a comida recién hecha me guiaba hacía la mesa, de adulto es tu voz a través del bosque. No veo nada a mi alrededor, solo algunas tímidas estrellas delimitan los árboles al frente y mis pupilas cooperan para destacar las fronteras. Mi mente compone con sumo realismo tu último recuerdo y mi imaginación le pone así el rostro a tu voz. Ahora la experiencia es completamente una delicia. Por qué tuviste que suplicar mi nombre de noche? Por qué soy esclavo de tu voluntad? Apostaría los centavos que no tengo por ver tu sonrisa brillar y fumaría hasta el último cigarro de tu olor con lo que me quede de aliento. El día que me esquives la mirada, el día que rechaces las llamadas y borres de tu boca la huella de mis manos en plegaria, depondré mi espada, subiré a lo alto de esa muralla y seré el escudo humano de esa vil metralla.

De nada vale esta tinta si no encuentra destinataria.



Ophelia (1852). John Everett Millais

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