Me acerqué a una calesita abandonada, intenté ponerla en marcha pero por desgracia mí ilusión y mi esperanza no lograron movilizar ese duro mecanismo endurecido por los años.

Los caballos estaban sin cabeza, los elefantes ya no tenían trompas, los conejos no oían sin sus orejas, ya no había de dónde agarrarse, aunque tampoco había movimiento que disparase la adrenalina.

Todo parecía abandonado y descuidado, menos la sortija que se conservaba cuidadosamente en una caja fuerte. En el pueblo se decía que era dorada, que el dueño la guardaba como a su propia hija, o incluso más. La música sonaba en el cuarto, yo soñaba con verla, atontado como quien imagina un poco de chocolate en una cruda medianoche de invierno. Llegó el día y el diario en la cara me estrujó la verdad, la sortija no estaba en sus manos, el dueño triste por la muerte de su primer y única esposa, la empeñó por unos cuántos pesos y se compró la botella de vodka más cara. No, no se entregó a la bebida, armó un cóctel molotov y lo estalló contra el centro del Carrousel, se sentó en el borde de la escalera a esperar que todo se consumiera y rompió en llanto. La sortija se había ido, la mujer también.

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