El sol había caído en la ciudad cuando de repente un niño se sentó a mi lado.

Repartía arbitraria y equitativamente su mirada entre mi cuerpo y el suelo. Empecé a sentirme un poco incómodo pero traté de controlar mis sentimientos para no ofenderlo, al fin y al cabo, él me resultaba algo familiar, me traía recuerdos añejos.

Crucé las piernas y él hizo lo mismo, casualidad? Neuronas espejo? Quién sabe.

Me senté como indio y él lo replicó, me causó gracia hasta que llegó a imitar todos mis movimientos de forma burlona.

Entré en el juego como un tonto y pensaba que tenía que hacer algo que él no pueda repetir y justo ahí fue cuando se me ocurrió la más infame de las ideas.

Decidí sacar algunos billetes de mí bolsillo y sostenerlos entre los dedos.

El niño se quedó petrificado, pasaron algunos segundos hasta que lo miré y descubrí lágrimas en sus pómulos. El niño no tenía dinero, no tenía ni siquiera zapatos, mi egoísmo me había tapado los ojos.

Le extendí la mano, le pedí disculpas y nos pusimos a llorar juntos, él por la miseria, por la injusticia, yo por canalla y egoísta.

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