Voy detrás tuyo siguiendo la estela de cacao y canela que dejás al pasar.
Es la primera vez que alguien huele así, de repente me siento un sabueso siguiendo el rastro del asesino, un San Bernardo dispuesto a entregar el alcohol de su barril o un galgo siguiendo al conejo mecánico. Luego de un par de metros, el olfato no me alcanza, decido recurrir a mi boca, e hipnotizado muerdo el aire como un Pac-man.
Despierto a mi alrededor todo tipo de sentimientos, los más leves son risueños aunque la mayoría son una mezcla de vergüenza ajena, indignación y hasta repulsión. Me acusan de ser un pervertido, de estar drogado con alguna sustancia moderna o de ser víctima de alguna psicosis. Pero ellos nunca podrán entender mi pasión por los olores, lejos está toda posibilidad de dañar a una dama, solo deseo perderme en notas de perfume de mujer que me traen tantos recuerdos, que me hechizan haciéndome sentir un niño que escucha el dulce canto de su madre a la hora de la siesta. Las fragancias son eternas, las conexiones neuronales exponenciales, esta sirena no necesita cantar, bastará con que frote su cuello y sus antebrazos con un fresco aroma para inducir una fascinación que me llevará agarrado de las narices hacia un destino fatal.
El perfume (2018). Marie Baysset
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