En un salto al vacío encuentro la verdad.
Quizás mi analista quiera encontrarle un sentido a esta travesía mientras yo lo ignoro. Mi cuerpo desertó de la contienda, mi alma permanece en esta guerra. El viento me voló lejos de aquí, me disipó en dirección al mar, me trató igual que a una contaminada fracción de cenizas, pero sin considerar deseos ni voluntades post mortem. Nada encontraron los peces al respirar mis fragmentos, nada aboné a las semillas que estaban creciendo. El tiempo lo moldee con plastilina, para ser bien gráfico, armé un reloj sin agujas en el centro de mi pecho, pero mi calor y la gravedad decapitaron primero al 12 y luego cada número de mi estructura.
Hace cuánto estoy viviendo con un tiempo prestado?
Hace cuánto dejé de correr siguiendo la moneda que gira cada vez más y más lejos de mi? ¡Que la física se apiade de nosotros!
Los miedos no me invaden, la tristeza no me aqueja, la esperanza me mira con recelo y la prisa se aburrió de mi pasividad. Pagué con sangre y saliva por la disciplina que me abriga, por la fatídica armonía, pero no me alcanzó para adquirir una calma de calidad, puesto que sus engranajes son débiles, el motor amenaza con fundirse y no hay garantía a la cual reclamar, solo meditar para arreglar y corregir la directriz del camino, la balanza sostenida por un delicado equilibrista en el istmo entre la soledad y la locura.
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