Por la mañana noté que mis ojeras se habían engrosado, lo hubiera dejado pasar pero lo curioso es que solo un ojo tenía una de un tamaño significativo, la otra mantenía medidas inversamente proporcionales a las escasas horas de sueño.

Dejé pasar las horas, dejé pasar un día y la ojera derecha seguía creciendo. Fiel a mi condición de ser humano, decidí apretarlo. Se sentía algo blando, cedía ante la presión de mis dedos, por lo que decidí hacer un poco más de fuerza y de una manera repugnante saltó el lagrimal como corredor de obstáculos y se posó por fuera. Al principio creí que era una burbuja, luego noté que tenía forma de gota. El instinto me susurró al oído que tome una aguja, la empape en alcohol y proceda a desinflar esa masa transparente. Para mi sorpresa, la aguja no la perforaba, desistí después de 5 intentos y pensé que la gravedad y la fuerza de mis párpados podrían hacer que caiga como granizo del cielo. Contra todo pronóstico siguió ahí, colgando de mi ojo. Pasaron semanas, por momentos se achicaba pero se ensanchaba con cada disgusto.

Finalmente comprendí las causas de esa extraña deformidad, entendí que las lágrimas que no expulsé se encontraban todas en esa pequeña bolsa transparente.




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