Escucho un piano en mi cabeza, las notas son similares, rondan en la misma escala, se repiten súbitamente. No es Bach, no es Beethoven, no es Chopin, no es Mozart. Ausculto dispositivos electrónicos pero el sonido no sale de ellos, salgo a la calle y el eco del silencio me saluda montado en la neblina que tiñe esta triste mañana. La melodía persiste, varía su cadencia, acelera la marcha y luego vuelve a suavizarse como si fuera una película de suspenso. Parece un auto a punto de estrellarse y la consecuente vida se manifiesta en el retrovisor.
Me siento, me acuesto, cierro los ojos y nada parece silenciarla, su voz viene a través del horizonte, no tiene paz. El murmullo de quienes me observan recorrer mi cuarto de un lado al otro se hace presente. Mis pies soplan las pelusas en un fatídico ir y venir, los mosquitos vuelan en una dirección y deben recalcular la trayectoria, mi gato volvió desde el quinto sueño para observarme molesto con ojos entreabiertos, el marcapasos se sorprende pues no es la hora de la caminata y el teléfono reclama mi atención a fuerza de irritantes notificaciones.
Cuándo dejaré de perseguir la canción? Cuándo seré el sordo seguidor de la rutina? el ciego amante del aburrimiento? el mudo esclavo del pesimismo?
En qué momento tomaré control de la emocionante locura que mantiene el corazón latente? Cuándo le pondré saco y corbata a mi desordenado sentido del humor, rechazando jolgorios, imprecisiones, sin sentidos y sensibilidades que me hacen más humano que muchos otros en este tren?

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