Adoro las reuniones con los otros nobles, aquellos opulentos encuentros repletos de bienes materiales que no necesitamos pero que tanto poder nos dan. Incluso hasta un artista retrata nuestra fortuna y falsa alegría para sentirnos un poco más eternos, pues Dios bien sabe que nuestra carne se pudrirá bajo tierra, pero nuestro linaje persistirá en el diario íntimo del gobernante de turno. Manipulo mi copa y pienso en el mañana, acaso valdrá la pena todo mi esfuerzo? Tolerar aburridas reuniones con Lores para perpetrar absurdas alianzas y pactos de no agresión, mancharme las manos de sangre y luego limpiarlas con billetes, vivir al límite acompañado de los soldados más valientes, tomando cada riesgo únicamente para no vivir como el resto de los mediocres de mi raza, que se conforman con roer unos pocos huesos como si fueran perros hasta la llegada del próximo salario. Todo ese sacrificio para asegurar el bienestar de las futuras generaciones.

El egoísmo me invade cuando tomo conciencia de mi autonomía, el buen observador podrá notarlo en pequeños actos, por ejemplo, cuando pido que me sirvan más vino que al resto, vino de la finca que heredé, vino que otros halagan detrás de gruesos monóculos, como si fuera fruto de la presión de mis pies, como si mi alma estuviera en cada uva. Tan solo me queda beber para soportarlos, limpiar mi boca y arrojar la servilleta al sirviente. Deseo profundamente que el alcohol diluya mis sentimientos y que la música de los esclavos acompañe el momento.



Réunion de Famille (1867). Frédéric Bazille

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