Soñé que era un hombre. Tenía pelos en los brazos, en las piernas, tantos que hasta por momentos me creía mono.
Me encontraba en una plaza, recostado sosteniendo una copa de vino en la mano derecha y apoyado en la otra. Miraba por encima de un parapeto jugando a identificar los olores que traía el viento, pero el destino no siempre es grato y me regaló una intempestiva pareja que pinchaba burbujas de silencio a cada paso, y vaya que eran expertos. De sus gargantas brotaban solo miserias, motivo suficiente para desear la muerte de mi bebida, para vaciar el envase y retirarme de allí, pues la paz que había encontrado se había escurrido.
Soñé que era un hombre, aunque me sentía como un gorrión que no consigue llevarse la miga de pan que tanto trabajo costó encontrar, por miedo a las bulliciosas intervenciones humanas.
Soñé que era un hombre, pero desperté y para bien o para mal, era verdad.

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