Ya no escribo y lo escrito se ha ido

Quemé el papel en mis manos mientras las letras se esfumaban en la combustión. Las cenizas caían en mis piernas pero no sentía el dolor, mis ojos, iluminados por el fuego, ponían atención y mi alma sufría como animal que debe abandonar su hogar, dejando atrás tanto empeño y esfuerzo en su creación.

Quemé cada nota del cuaderno, me convertí en asesino del cuerpo en tinta de cada uno de mis demonios, más no de su alma que susurra palabras sueltas por las noches a modo de venganza.

Quisiera ser el verdugo de mis fantasmas, colgarlos en la plaza pública del olvido, descolgar los cuadros tristes que pintaron en mis ojos, borrar con alcohol el estigma en mi mente, enfriar mi rostro con algún vaso, y quedarme días enteros bajo la lluvia esperando a que el maquillaje gris se corra sin esfuerzo, sin acciones.


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