Arrojo una moneda al aire y en lo que tarda en caer te observo

Detecto un juego peculiar en tus costumbres. Atás una cinta roja en el rizo más alto de tu cabello y dibujás en tus uñas con el lápiz negro que te presté al conocerte. Al darte vuelta justificás que así llevás un poco de mí a dónde vayas, aunque en el fondo sé que es un artilugio poético. Pero es que en tus labios queda tan bien que decido guardarlo entre los más preciados recuerdos. Doblás el boleto del ómnibus haciendo origamis aleatorios y los dejás en el asiento al levantarte. Sufrís cuando una señora se sienta encima ignorando el mensaje y aplastando tu creación, pero te llenás de felicidad cuando un niño lo nota y juega con él, realmente te hace feliz hacer feliz al resto. Otro de los agasajados fui, soy y seré yo, que atento miro tus manos cuando revuelven tus bolsillos, intentando adivinar que truco vas a hacer ahora, como si fuera el espectador de una varieté y vos fueras la artista que entre brillos y movimiento se lleva la marca de quienes tiene enfrente. Decís que el aburrimiento es el ratón y tu voz el queso y que guardás silencio si no hay nada interesante que decir, pero de repente sacás la moneda que yo arrojé al principio y el reloj reanuda su trayectoria, es tiempo de partir.



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