Usualmente apelo a una frialdad completamente lógica, a un análisis metódico y coherente de las situaciones. Soy como una boya,que resiste a las abrumadoras olas de este complejo mar de la modernidad y con un envidiable estoicismo se mantiene naturalmente a flote. Cada tanto, encuentro necesarias paradas técnicas en las cuales ajusto los calibres, aceito los pistones y reemplazo los engranajes que van quedando viejos. Es en esos momentos donde observo la maravillosa metrópolis emplazada, pero para mi desgracia, lastimosamente, siempre se acerca la misma pobre niña con su muñeco en brazos a zamarrear mi reluciente pantalón de vestir, e interrumpiendo mi esplendoroso instante de pecho inflado y nariz al horizonte realiza la misma pregunta: ¿Aún sentís?

Es así que el chasquido de mi pensar destruye la frivolidad y me desembaraza del orgullo que pude haber fundado ignorando lo que me rodea. Y mi respuesta viene acompañada primero de odio, luego de reflexión y tras un suspiro con una tierna sonrisa esbozo un "Por supuesto", y es al término de la última palabra que la niña cambia su preocupación por una serena paz, me suelta y decide marcharse por donde vino.

A veces me pregunto si algún día seré lo suficientemente mayor para extirpar el sentimentalismo que acompaña mis pasos. Quizás algún día mis terminaciones nerviosas hayan recibido tantos golpes que pierdan la capacidad de asombro y ya no salga sangre de mis venas. Pero mientras tanto, salgo a la calle y miro al cielo preguntando "¿Cómo no conmoverse?".

¿Cómo uno puede mantenerse indiferente e inmutable al leer las grandes reflexiones, las agudas vivencias y los desgarradores relatos de quienes pasaron por este mismo mundo, por esta misma tierra? ¿Conseguiremos algún día no rompernos en pedazos al zambullirnos en dichas obras, en sinceros argumentos?

Me temo llegará el día en que la expresión de sentimientos tan profundos y auténticos tendrá una recepción catalogada como exagerada, seguida de una brutal indiferencia, o bien una comercializable superficialidad que alimentará el espectáculo del tedio moderno.

Cuando ya nada me conmueva, cuando las lágrimas no salgan de mis ojos o la tinta no brote del bolígrafo, cuando la tristeza desaparezca de los diccionarios y el SOMA se haya vuelto la bebida por excelencia de este mundo, ese día, renunciaré a mi condición de ser humano, ese día, será el fin de mi existencia.


Ung kvinde på stranden (1896). Edvard Munch

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El lecho.- (boceto)