He de confesarme, añoro esas tardes de otoño contigo.

Compartíamos pitadas sobre un colchón de hojas secas que crujían con cada risa. Por momentos nos invadían insectos variopintos pero inofensivos, los agresivos en ese tablero eran otros. Mirábamos el cielo mientras el sol iluminaba nuestros pómulos, me daba lástima, no contaba con la suficiente fuerza para abrigarnos y por eso llevabas esa manta rosa que abandonaste al comenzar la primavera. Tu risa decoraba las pausas de mi relato y tu boca se volvía más tentadora a cada minuto. Recorríamos las calles del barrio sin rumbo exacto, viendo los autos pasar, los negocios cerrar y cerrada también la noche, solo las luces atestiguaban el encuentro de nuestras manos. Alguien de lejos nos creyó una sola persona, una única silueta en su corto horizonte, y fue de hecho un acierto poético.

Todo era jolgorio hasta que la historia volvió a repetirse, perdiste tu encendedor en la plaza. Un lamento profundo me invadía cuando sabía que me quedaba sin tu tierno acto cotidiano, tu clásico show de fuego nocturno donde encendías tu cigarro en plena oscuridad iluminando tu rostro mientras repartías tu atención entre la cadencia del fuego y mi cara, que a decir verdad, no sé si brillaba más por vos que por la llama.

Hoy, mi mano está vacía, mi silueta de veras es una y la lluvia apaga e inutiliza nuestros encendedores, dónde te has ido? A pesar de la distancia física y temporal, recuerdas los gratos momentos? O el frío europeo se encargó de aplacar la llama de tu alma?




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