Alguien por la noche llamó a mí puerta. De haber sabido que recibiría la sorpresa tan ingrata de la tristeza, me habría quedado en cama.

Dado que ella no quiere marcharse, me veo obligado a tomar la iniciativa. Por desgracia, no encuentro jeringa, botella ni pastilla que pueda desaparecerme de este preciso instante.

Traté de rescatar risas vencidas, carcajadas de otros tiempos, pero se limitaba a seguirme con pasos cansinos y me dedicaba largas y profundas miradas.

Se inclinaba sobre mis hombros con un aura pesada, desarmadora y de repente en esta habitación, nada quedaba, las nubes negras tapizaban paredes, tapiaban puertas y ventanas.

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