Al vaciar el vaso, algo se va y algo regresa. Me senté ingenuo en aquella mesa pretendiendo que un buen vaso de whiskey me libere de aquellos dolores que atormentan y esmerilan mi rutina.

Los dolores físicos huyeron despavoridos, se acobardaron ante el sabor ahumado y la graduación alcohólica, pero justo en ese preciso instante tu recuerdo volvió en el vapor de la comida que no se hizo, en la lágrima que nunca salió.

Volvió en forma de nostalgia, pero en gran medida de tristeza, pues los pensamientos "negativos" son prioridad para la mente, sin importar el alcohol que haya en sangre.

Aquello que no fue, aquello que no pudo ser, aquello que podría haber sido abarca la capacidad probabilística de la noche, colmando la ausencia de mis dolores cobardes.

Convencido de que únicamente el sueño podrá librarme de esta inmensa soledad, pago la cuenta y regreso arrastrándome lentamente por estas calles.

Las luces de los autos conseguirán mantenerme despierto hasta llegar a casa, donde confío en mi inmutable ingenuidad que recomienda nada más ni nada menos, que dormir para olvidar.

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