Las luces se encienden una a una, algunas siluetas se funden, se unen con el viento nocturno que dejo la lluvia.

Brazos que se apoyan en barandas oxidadas, pasadas por agua, pintura saltada, lastimada por la enorme erosión de la brutalidad del goteo del cielo.

La prosa no me deja solo en esta noche donde hay tanto que decir, tanto que escribir, reclutador de palabras, fanático de la expresión, petulante en rehabilitación y voraz depredador de cultura distópica.

La paciencia y la amabilidad no alcanzaron para volver a sentarme en esa mesa donde todos miraron con sorpresa cuando me levanté y arroje enérgicamente la delicada servilleta tamaño familiar al suelo, liberándome así de una responsabilidad que desconozco, de un juego que nunca supe jugar.

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