Agraciado el ser que puede relajarse a ser un simple espectador de la lluvia, a dejar sus pies en remojo por encima del húmedo y ordinario pasto, tomando un mate, sin que haya otras prioridades, publicidades o imágenes en su cabeza.
Que se toma el tiempo de contar las vanas gotitas que emana ese cielo oscuro, de esas nubes que chocan entre sí, y que al ver superada su capacidad ante tal caudal de agua, estalle de una risa infantil como cuando aprendía los números y los recitaba acelerados para impresionar a quienes le prestaban atención.
Mientras relato mí tarde libre, se va vaciando el termo y ya tengo una cortina de agua ante mí presencia, no importa la urgencia con la que me reclame el teléfono, ni las noticias que se acumulen sin leer, ni los ruidos del minutero sin lubricar, algo me retiene, me mantiene afuera, afuera de todo aquello que genera ansiedad, cerca del verde que me rodea.
Encontré en la gotera una manera de contar segundos, mí inconsciente quiere saber si pasa el tiempo, si estalla el mundo o si se detiene.
Tal como la música clásica, el estorbo se calma, baja la cadencia, el silencio hace presencia, recurso musical por excelencia.
Echan vuelo pájaros, asoman la cabeza las hormigas, quién sabe si no hay algún humano reencarnado, que se olvidó de comprar la comida.
Todo es paz en un momento, no hay lugar para tormentos, la tierra apurada comienza a secarse, las plantas sacuden sus hojas con ayuda del viento, la gravedad hace el resto.
Parece que aclara, que abre, que mejora, que se pone más católico, mas peronista, y que cuántas formas más de ser optimistas del negro clima.
Cuando de repente, un nubarrón se asoma, el diablo metió la cola y en medio de un trueno, cae el agua a baldes, como cuando de chicos nos mojabamos en los carnavales.
Quienes le sacaron la funda al tambor, tendrán que volver a guardarlo, quienes prepararon el fuego para templarlos, no están de suerte, pero quienes acomodaron el almohadón para una placentera siesta, están de fiesta.
Que se toma el tiempo de contar las vanas gotitas que emana ese cielo oscuro, de esas nubes que chocan entre sí, y que al ver superada su capacidad ante tal caudal de agua, estalle de una risa infantil como cuando aprendía los números y los recitaba acelerados para impresionar a quienes le prestaban atención.
Mientras relato mí tarde libre, se va vaciando el termo y ya tengo una cortina de agua ante mí presencia, no importa la urgencia con la que me reclame el teléfono, ni las noticias que se acumulen sin leer, ni los ruidos del minutero sin lubricar, algo me retiene, me mantiene afuera, afuera de todo aquello que genera ansiedad, cerca del verde que me rodea.
Encontré en la gotera una manera de contar segundos, mí inconsciente quiere saber si pasa el tiempo, si estalla el mundo o si se detiene.
Tal como la música clásica, el estorbo se calma, baja la cadencia, el silencio hace presencia, recurso musical por excelencia.
Echan vuelo pájaros, asoman la cabeza las hormigas, quién sabe si no hay algún humano reencarnado, que se olvidó de comprar la comida.
Todo es paz en un momento, no hay lugar para tormentos, la tierra apurada comienza a secarse, las plantas sacuden sus hojas con ayuda del viento, la gravedad hace el resto.
Parece que aclara, que abre, que mejora, que se pone más católico, mas peronista, y que cuántas formas más de ser optimistas del negro clima.
Cuando de repente, un nubarrón se asoma, el diablo metió la cola y en medio de un trueno, cae el agua a baldes, como cuando de chicos nos mojabamos en los carnavales.
Quienes le sacaron la funda al tambor, tendrán que volver a guardarlo, quienes prepararon el fuego para templarlos, no están de suerte, pero quienes acomodaron el almohadón para una placentera siesta, están de fiesta.
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