Si tocas mis párpados sentirás el infierno, si tocas mis piernas el más crudo invierno.
En esta noche lluviosa me acompaña una vela apostada, firme como soldado ante su coronel. Mientras tanto, me dispuse a releer tus cartas, la caja está en el suelo, las flores en los libros, el amor en los cuentos. Una vez más me sorprende la gran obra de teatro que montamos. No dejamos recurso sin utilizar (nunca fuimos tan originales) sin embargo, tuvimos momentos únicos que llenarían de envidia al más galardonado guionista de Hollywood.
Empero, qué cualidades deberíamos haber esgrimido para que este frágil cristal siga vivo? Quizás el cariño que forjamos era de una aleación impura que no era inmune a todo impacto. Tenías razón cuando en tu última carta esbozaste un agudo proverbio: "El desgaste del tiempo corroe hasta el acero más inoxidable".
Devolver el papel a su origen respetando fielmente sus pliegues sin dificultad alguna, recorrer mi nombre en la tinta como si estuviera escrito en braille, pensar: "por qué razón guardo esto todavía?" Y sin más lágrimas que llorar, guardar la caja en su lugar.
Que el sueño calle mi llanto!
Que el cerebro recicle lo leído!
Que la rutina me devuelva al olvido!
Son las plegarias que siempre recito.
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