Los días se consumen como la cera de una vela, y así quiero que sea!
La noche alcanza al día en un relevo interminable mientras yo cebo otro mate. La ventana de este viaje está bien sucia, o acaso serán mis ojos? Como sea, me presto, empaño el vidrio y con el codo lo limpio.
Quisiera ver más allá de mi asiento, más allá de la semana, del mes, pero soy un niño que apenas gatea en estas tierras y temo abrumarme al planificar sobre suelo dudoso. La incertidumbre es el grillete de este turno, la resistencia al tensar el arco, la reducción de la cañería pública del pensar, la piedra en el zapato del distraído.
El amarre no está tan firme como creía, mi templanza se pone a prueba y por momentos me siento como una vidriera vandalizada en medio del suburbio, rogando que no rompan a mis compañeros, rogando que no roben lo de adentro.
Enfrento una epidemia de mal humor social en el último tramo del año, me curo con pequeñas dosis de golpecitos en la espalda y encuentros con amigos. A pesar de ser funcional al sistema, busco optimizar mi energía, mantener a tope la maquinaria, sortear obstáculos y cuerpos de soldados caídos en la contienda. Por momentos el objetivo se hace difuso, tan así que creo estar peleando mi lucha, mi causa, afilando el cuchillo para quitar ramas de mi camino.
En la plena oscuridad mis brazos esperan, mis ojos observan, la sangre se seca, los nervios me queman.
Me siento bien, estoy dando pelea. Con palabras y escritos me acerco a mi destino, añoro verte en la próxima estación, mientras canto tu nombre en esta canción.
Stillleben mit umgestürzten Kerzen (1929). Max Beckmann
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