-Y claro que mis ojos, de tanto leer, se secaron e irritaron! -Le dijo esa noche a su amigo.


Al mismo tiempo, mi voluntad y mi sentir supieron ser amartillados por textos de pesado historial y gatillados contra su dueño, agujereando el espíritu infantil que, bajo un grueso acolchado, se encontraba guarnecido. Más no reniego de las grietas que la sabiduría imprime, o de ser el vehículo que reproduce una vasta cantidad de palabras ajenas, mucho menos de entregarme al abismo de la mezcla existencial en la lucha contra la ignorancia, solo que por momentos estalla en mí el humilde pedido de demorar las expediciones de mi mente hacia el más allá.

Quisiera, caprichosamente, meditar y acallar los destellos que mueven mi interés, así como el hombre detiene estrepitosamente la raíz del árbol que invade su hogar o la insolencia de un niño con un golpe seco. Pero soy débil, débil ante la seducción del saber, ante la afrodisíaca curiosidad, ante el olor a libro nuevo, ante los ensayos psicológicos recitados en voz grave y triste.

Le pido perdón a mi mentor por no controlar mis pulsiones, un liviano perdón a sabiendas de que volveré a cometer el error. He de sucumbir ante la tinta como Judas ante sus monedas.



Retrato del doctor Gachet (1890). Vincent van Gogh

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