Recuerdo que cada miércoles, luego del colegio, subía a visitar al alfarero del 5to piso. Al principio me atrajo la curiosidad, luego, el hábito fue el otro polo del imán. Invertía cada día en una obra diferente, la música que acompañaba el desarrollo dependía de múltiples factores, a saber: el clima, los vientos políticos, el precio de la yerba mate, un texto nuevo que su novia le acercaba o hasta una idea loca en la radio, todo lo condicionaba, todo se convertía en papeles de colores que en el revuelo se adherían a su masa y se hacían carne en su obra.
Cruzaba la puerta y lo encontraba en su sillón, se sentaba imitando al pensador, a una distancia precisa y determinada para juzgar lo realizado. Un católico diría que se creía Dios observando sus creaciones, aunque dudo que a su mente tan inquieta e inconformista le llegue alguna vez su séptimo día.
Después de escuchar algún que otro tango e inhalar sin remedio un sahumerio, me sumergía en un trance y el ambiente se hacía fluido como lámpara de lava hasta que él se detenía y me preguntaba qué veía. Algunas veces con incomprensión y otras con suma claridad respondía y daba comienzo a grandes debates e intercambios.
Al final del día tristemente rompía su creación, todo lo moldeado se hacía líquido tras mi partida, todo volvería a empezar al otro día. De haber vendido cada elegante obra que salía de sus manos, se habría mudado a una casa, a un palacio, pero el dinero no le interesaba, decía que era incapaz de poner precio a algo tan personal.
Finalmente, al cumplir 18 años de edad, la verdad me fue revelada. Federico no era solo un alfarero, era un psicólogo no tan convencional, en lugar de observarme con gruesos y prolijos lentes apuntando cada uno de mis movimientos, me recibía con manos llenas de arcilla, un delantal que supo ser blanco y un ambiente distendido. Me ayudaba a desentrañar a través del arte las complejas e inmaduras ocurrencias de la vida cotidiana.

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