No me importa que hayas estado aquí durante el día, si te has ido ya dos veces por la noche. Calentaste un sillón esta mañana pero dejaste frío tu lado de la cama. Extendí mi mano por las sábanas, acaricié tu silueta imaginaria, y apoyando la cabeza en tu almohada, corté el silencio con una parva de lágrimas.
Se humedeció el maquillaje por el llanto y se solidificó en la quietud de la madrugada. Atravesaba mis ojeras de punta a punta, conectaba mis pupilas y mis pómulos en un imperfecto trazo negro diluido, para película de terror era ideal o quizás para un desdichado video musical.
Con paso cansino llegué a tu cuaderno que curiosamente rebozaba de vida, pero amargamente constaté mi condición, estaba muerta en vida, muerta en tu mente, muerta en tu papel. No recuerdo nada más, me miré al espejo pero no vi nada, los colores del apartamento cambiaron, mi ropa ya no convive con la tuya en el armario y mis joyas las porta otra persona.
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