Así como el ladrido manifiesta las intenciones de ese perro, mis textos harán públicas las mías.
Definiré con cada letra, cada palabra aquello que no pueda decir cuando las cuerdas vocales no vibren y la voz no salga, cuando la congoja me deje fuera del juego del sonido.
Los párrafos corren con ventaja, no se empastan, no hace falta gritar para decir o susurrar para no irritar, no se ven censuradas por la repentina angustia o enardecidas por la euforia.
Al igual que una pintura, se reconoce al autor por sus trazos, por sus rebusques, por sus recursos. Uno se vuelve sommelier de fragmentos en los que encontrará, entre otras cosas, pedacitos de su alma volcados en meros renglones de papel, difuminados por el devenir cotidiano.
El original cotizará en bolsa pues tendrá tachaduras, lágrimas ya secas, manchas de café o simplemente dibujos que retroalimentan la redacción.
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