La última pirueta del trompo
Giremos cápsulas en sentido anti horario, sumemos piedras en un río que ya tiene en demasía, los pájaros se mueven en zig zag y las nubes emprenden travesías sin sentido.
Los pétalos cayeron de esas rosas y los relojes se han quedado sin cuerda. El tiempo muerto se ha decretado en esta ciudad fantasma y todo se ha sumido en una pausa traumatizante.
Los parlantes tomaron la unánime decisión de apagarse antes del último soneto y los bailarines se retiraron de la pista sin dar el último giro.
Han derrocado a la tiranía de la expectativa y en su lugar se instauró un régimen de silencio, donde el ruido blanco es la ley en estas calles.
Detrás del vidrio se solapan intenciones truncas y temores álgidos, detrás de cortinas que ya no suben se apelmazan emociones de múltiples tamaños y colores.
Nos vemos envueltos en metáforas que redundan en un mismo punto, como un perro que muerde su cola, como una cuchara que revuelve la taza sin esperable final, al menos no en un futuro próximo.
Me quedé arriba del trapecio, haciendo la figura de cristo, con las cuerdas asfixiando mis brazos, con la sangre abarrotada en las venas, con mis pies en postura de punta, con la única esperanza de que la mente pueda socorrer al alma, de que pueda sostener el aire en los pulmones, de que el orgullo escondido tras grandes capas de polvo pueda bajarme de esa suspensión, de que pueda llevarme nuevamente a tierra. De volver a girar unas vueltas más.
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