Dejo las bolsas, me saco los zapatos y me tiro en la cama. Miro el techo, aquellas arañas se han ido, se han mudado junto a sus telas a otra parte.

Tomo una pelotita anti estrés entre mis manos, la reboto contra la pared más próxima, y en ese intercambio constante donde ni el eco de la habitación se anima a repetir la violencia, un llanto irrumpe en mis ojos, me encuentra profundamente agotado, desesperanzado. El viento hace temblar las ventanas mientras el frío se cuela por los extremos y empiezo a temblar súbitamente.

Algo me toma de los pies, un manto frío sube por mis piernas hasta llegar a mí cuello, donde se cierra lentamente entre mis escápulas y de esa manera quedo envuelto en la oscuridad eterna, en la angustia permanente.

Con terror abro mis ojos, sacudo mis piernas y una taquicardia me invade... La tranquilidad del despertar es parcial, puesto que no todo era una pesadilla. La desesperanza y el dolor que traerá el porvenir son vientos legítimos que me acerca mí ventana, que anuncia la muerte de aquello vivo, o la gangrena de aquello sano.

Sin pensar me levanto, sin querer me calzo, el deseo abandonado perece entre ácaros y mis anteojos negros de luto cubren lágrimas que no salieron.

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