Un odio feroz recorre mis venas

Cada vez que te escucho, mi instinto animal se activa, tengo deseos prehistóricos de estallar una piedra contra tu cara, de arrojarte la lanza que afilé con tanto ahínco por semanas. Achico mi humanidad, la guardo como quien guarda la ropa de invierno ante un calor agonizante, no la voy a necesitar. Corto los frenos de mi cordura y acelero en la vía rápida de esta furia. He de aprontar una buena fachada para mi acto, usaré tu debilidad carnal para acercarte mujeres mercenarias y sin escrúpulos que te sacarán hasta el último centavo. Verdaderas estrategias que no podrás anticipar ni en tu mejor momento de cordura (si es que existe alguno). Cuando vengas hacia mí pidiendo ayuda, prestaré un oído sordo y seco, te daré el consejo más genérico y estandar que pueda existir, fingiré una cara de pena para ocultar mi regocijo y, cuando te des vuelta, soltaré los resortes de mi risa a carcajadas y abriré la boca a tope para expresar mi satisfacción.

Me detendré cuando te vea agonizando, destruido, reducido a cenizas, en la quiebra absoluta. Me detendré cuando ya no te quede fuerza alguna para molestar y corromper otra alma inocente y bien dispuesta.

Simplemente, te odio.



La maldad (1900). Theophile-Alexander Stainlin

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