Me niego a comer. Aquel acto de meter trozos de naturaleza muerta en mi cuerpo presuntamente vivo es una contradicción sin precedentes. No encuentro la dignidad que justifique alimentar mis tripas y células con algo externo, arrebatado de manera interesada y mercantil a este pobre mundo. Robar energía para sostener un cuerpo que hace tiempo murió me parece un acto descarado.

Dar combustible a una maquinaria que más tarde contaminará el entorno con sus inevitables desechos es la calamidad de la humanidad. Lubricar los engranajes con poco más que unas sucias monedas y un poco de trabajo no justifica en lo más mínimo el aporte al sol, a la existencia.

Y, sin embargo, el hambre insiste, golpea con paciencia. No pide permiso ni ofrece argumentos. Simplemente vuelve, una y otra vez, como si en ese gesto bruto se escondiera una verdad que mi desprecio no logra disolver.

Quizás la comida no sea la contradicción.

Quizás sea yo. Este cuerpo que niega mientras exige, esta conciencia que desprecia mientras depende, este rechazo que en su adicción, no puede dejar de participar.

Y entonces comprendo. Negarme a comer no me aparta de la maquinaria, solo me convierte en otro de sus engranajes. Y los engranajes no eligen, son.


Engranajes (2011). Pablo Colussi

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