Tensión occipital
Luego de una difícil jornada laboral, donde la mala suerte ha metido la manzana podrida en el cajón, decido levantarme, ya es hora de desconectar mi vida de la sanguijuela cotidiana. Menuda sorpresa cuando una espantosa sensación recorre por completo mi cuerpo. El mareo es tal que debo acostarme sin más en el suelo, el techo me parece cercano, a pesar de que la arquitectura demuestre lo contrario. Las paredes me comprimen, el oído chilla sensible luego de eternas llamadas, insulsas conclusiones, absurdas decisiones que no llevan a nada. Nada más que decir, nada más que hacer.
El corazón toca la puerta de mi pecho y mis ojos levitan como cuerpo sobre el mar. Debajo, unas hormigas desean salir, continuar con su travesía, cumplir su destino, como yo alguna vez.
Necesitaré mucho oxígeno para liberar esta tensión, para recuperar el aliento. Necesitaré un buen café para aplazar la fatiga, un irlandés para olvidar o un vino para sanar.
Relación de dependencia.
Una piedra más al mar.
Otra arruga en la frente.
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