Esta tarde me encontró en una cafetería con un libro y un café. Y sin darme cuenta, el mundo empezó a retirarse lentamente. Las voces de las parejas se volvieron susurros, el tiempo más voluble, los meseros me ofrecían delicias pero yo no deseaba nada. Cuando uno lee así, de verdad, ocurre una pequeña soberbia silenciosa: de pronto no echamos a nadie en falta, no lamentamos que nadie nos escriba. El yo alcanza una especie de autosuficiencia pura, elevada, orgullosa.

Ahí aparece inevitable la tentación: creer que se ha evolucionado a un estado superior, a una suerte de nirvana donde todos sobran en este vaso... Pero las burbujas desaparecen pronto.

Al salir, tropecé con la realidad. Caminé unas cuadras, el libro quedó cerrado bajo el brazo y la nube empezó a disiparse. Y entonces pasó algo curioso, abrí mis oídos en búsqueda de voces ajenas, para que algo de ese silencio ganado chocara con mi vida. En ese momento entendí que el café y el libro no fueron motores de mi egoísmo. Aquello fue retiro. Y la necesidad de otredad tampoco fue debilidad, fue regreso.

El pensamiento necesita cerrarse para existir.

La vida necesita abrirse para no volverse piedra.

El problema no es aislarse un rato del mundo.

El problema sería no volver nunca.


Les rêveries du promeneur solitaire (1926). Rene Magritte

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