Una pincelada sobre Simmel y las redes sociales

Se llaman círculos sociales a las distintas agrupaciones de individuos. Nuestro primer punto de contacto con la sociedad es el círculo familiar, luego el círculo escolar o educativo, y a medida que vamos creciendo y nos vamos relacionando con otras personas en diferentes ámbitos, podemos llegar a pertenecer a un círculo de amistades, de clubes o actividades y más adelante a un círculo laboral.

Los círculos estaban muchas veces delimitados por un tiempo y espacio, pero con la llegada de las redes sociales esos límites se hacen más difusos y es posible estar en contacto a toda hora con gente del ámbito laboral, familiar, o de amistades al mismo tiempo.

Es por ello que las redes sociales no son un círculo social en sí mismo, a pesar de que se preste a confusión si se observa el fenómeno desde el punto de vista de un perfil o un “yo virtual” inmerso en el ámbito de una aplicación que le da un marco de acción, las redes sociales reflejan así el cruce de los diferentes círculos sociales ya mencionados.

Para Simmel, todos somos fragmentos, es decir, somos diferentes o nos comportamos de manera diversa en cada círculo al que pertenezcamos. Dado que cada grupo tiene sus reglas, su propia dinámica o sus códigos, es natural que usemos determinadas palabras o evitemos ciertas expresiones. Las redes sociales rompen con esa “separación” y presentan la incómoda situación de que cada expresión o interacción será observada por cada círculo social a la vez.

Si bien es cierto que la mayoría de las plataformas proveen alternativas de privacidad o restricciones para que cierta persona o grupo no pueda acceder a nuestro contenido, probablemente se enteren ya sea a través de un tercero o al contenido que otro publica. Apliquemos o no dichas restricciones, la regla base de las redes sociales es que somos responsables del contenido que publicamos, y como todo acto, debemos hacernos cargo de sus consecuencias, para bien o para mal.

Pero en cada red social existe también el contenido que los demás publican, y es en este punto donde se presenta una paradoja. Las redes sociales originalmente brindaron la posibilidad de comunicarnos con gente que puede estar del otro lado del mundo, que tiene una cultura muy diferente a la nuestra o también de aproximarnos a las realidades de otras sociedades, que los medios de comunicación tradicionales esconden o no difunden porque no es rentable a nivel audiencia. Sin embargo, este último tiempo cobró protagonismo el “algoritmo”. El algoritmo se define como un “Conjunto ordenado de operaciones matemáticas que permite hallar la solución de un problema” (Real Academia Española, s.f.) pero en el contexto de las redes sociales, las operaciones están diseñadas para que como usuarios de cada aplicación estemos el mayor tiempo conectados a ellas. La clave es que vamos a permanecer más tiempo conectados si encontramos contenido que nos gusta o que nos es familiar, por eso, el algoritmo buscará mostrarnos lo que nos interese con el conocido argumento de “mejorar nuestra experiencia”. La desventaja de la personalización del contenido es que termina reforzando nuestro narcisismo, es decir, nos acerca solo contenido que aprobamos y alejamos todo lo que catalogamos como negativo. Dinámica que va en contra del objetivo mencionado al comienzo, la interacción con diferentes culturas o diferentes posturas.

Cada red social cuenta con un “contrato”, por un lado reglas explícitas que nos indican qué podemos publicar, qué no debemos hacer o qué temas o palabras no podemos mencionar porque corremos riesgo de ser sancionados. Pero más allá de ellas, también están las reglas implícitas, es decir, tenemos la libertad de publicar lo que deseemos (cumpliendo las reglas de la plataforma) pero la comunidad observa y podrá avalar o repudiar lo que publiquemos. Unido al juicio del otro también participa el algoritmo, el cual penalizará nuestro contenido si no tiene la suficiente relevancia para que el resto del público mantenga su atención en la aplicación, es decir, lo dejará en los últimos lugares de la lista de publicaciones de los contactos. Por otro lado, otro objetivo de las redes es ganar popularidad con nuestro contenido o encontrar aprobación, lo que comúnmente se conoce como “Me gusta” o “Like”. Cada me gusta es un reconocimiento a nuestro contenido, estudios científicos demostraron que recibirlos libera dopamina en nuestro cerebro y genera una sensación de gratificación (Meshi et al, 2019). Con el tiempo de uso logramos entender poco a poco qué tipo de contenido genera aprobación, qué gusta más, a qué hora es mejor publicar y cuánto publicar. En pos de lograr la mayor cantidad de me gusta posible, abandonamos así lo que queremos decir realmente y nos volvemos funcionales a lo que la comunidad demande o apruebe, evidencia clara de esto es la decadencia de la red social BeReal que proponía una red social con fotos sin filtros, sin seguidores ni me gusta, mostrando momentos cotidianos y limitando la cantidad de publicaciones por día (Europa Press, 2023).

Un fenómeno vinculado a esta popularidad son los influencers, personalidades que ganan tanta popularidad y seguidores que logran influencia en las decisiones de la comunidad. Sus seguidores les tienen admiración o como diría Simmel, envidia, aspirando a ser como ellos o a tener lo que tienen. Aquí entran a jugar las empresas, quienes entienden que los jóvenes están muy alejados de los medios de comunicación tradicionales y por ende, no consumen las publicidades en ellos, por lo tanto, lo rentable es buscar que los influencers difundan sus productos o valoren los lugares físicos para incitar a que sus seguidores acudan o adquieran esos productos. La contracara de esto es la pérdida de la espontaneidad, cada vez es más difícil encontrar productos o tener experiencias ajenas o desconocidas, puesto que las mismas son dirigidas por personas que cuentan con nuestro aval, nos mantienen dentro de un mismo ámbito, dentro de nuestros círculos, lo cual en términos de Simmel, reduce la reflexividad y la posibilidad de conocernos más a nosotros mismos.

En conclusión, las redes sociales pueden resultar muy enriquecedoras, pero hay que manejarlas con responsabilidad, en primer lugar para evitar la adicción a las mismas, en segundo lugar por el contenido que publicamos, ya que nuestros comentarios amparados en el anonimato nos cubren y nos invitan a decir lo que queramos sin pensar en cómo la persona que está del otro lado puede recibirlos.


Bibliografía

  • Real Academia Española. (s.f.). Algoritmo. En Diccionario de la lengua española. Recuperado el 05 de julio, 2024, en https://www.rae.es/diccionario-estudiante/algoritmo
  • Meshi, D., Tamir, D. I., & Heekeren, H. R. (2019). The emerging neuroscience of social media. Trends in Cognitive Sciences, 23(9), 701-712.
  • Europa Press. (02 de octubre de 2023). ¿Se acabó BeReal? Niega la pérdida masiva de usuarios activos mientas ve cómo crece BeFake. La Nación. https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/se-acabo-bereal-niega-la-perdida-masiva-de-usuarios-activos-mientas-ve-como-crece-befake-nid02102023/


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