Siempre fui un gran dibujante. Adornaba cualquier superficie con trazos que podrían ser garabatos para miopes, pero arte para quien sabía mirar. Mis rivales deponían sus carbonillas ante mí y me dejaban el lugar en el trono del liderazgo, pero mi tortura siempre fue el color. Ni las sombras más profundas, ni los cuerpos más realistas, ni las perforaciones o elevaciones en el papel podían competir con la magia del color, esa asignatura pendiente, esa piedra en el zapato.
Por eso, mi ilusión se enciende de a poco. Con tu aparición, la ruleta vuelve a girar, mi sonrisa ingenua e ilusa brota como cultivo de temporada desde sus más invisibles raíces al verte, tan suelta, con un tatuaje en el brazo y acuarelas en tu mano. Tu mirada me invita a pintar, a pintarte y a pintarme. Si me dejaras ver los paisajes con tus colores y recorrer las ciudades de tu mano, la noche estrellada cobraría vida y los girasoles nos mirarían a cada paso. Dejaría atrás la melancolía, y nos quedaríamos para siempre en el primer cuadro de la danza de la vida.

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