Tapando el sol con la mano, escondiendo muecas con mascarillas, alejando los ojos del cielo para ocuparlos y ocultarlos en la pantalla.


Desplazando con los dedos estímulos que dispersarán la tensión y la atención de aquello que solíamos llamar sentimientos.
Mendigando anestesias, alejando melancolía, nostalgias de tiempos mejores, dolores recientes y abandonando ese impulso destructivo que enciende la mecha interna de la ira.

La respuesta justa a cada problema:
- Auriculares para no escuchar lamentos, lamentos que alguien debe expresar para no corroer más su alma, alma que permanece alejada de la alegría que alguna vez sintió.
- Vitaminas para contrarrestar el efecto nocivo y depresivo que el mal humor social propaga como nido de hormigas un día de lluvia, que contamina como petróleo en agua limpia.
- Anteojos de sol baratos, que dañarán la vista lentamente, evitando el contacto con la gente que pasó de trabajar a pedir comida.
- Ropa tan gruesa, tan fría que permanecerá inmóvil ante los dedos de una niña que de a tirones pida el cobijo de un padre.

El redoblante siempre cantante, el auto acelera, el cuerpo se mueve rápido, la pelota se desliza sin grietas que la detengan, sin ondulaciones en el terreno que alteren su recorrido.
El sol sale, la luna se oculta, el dinero entra con dificultad en la billetera, sale vomitado en forma de placeres, y finalmente todo encontrará su destino en el mismo basurero a cielo abierto, en el mismo riachuelo, nuestro complicado ajetreo se derrumbará en camas frías, en frascos de pastillas, en postergación del tiempo deseando que llegue la muerte para no continuar con nuestra mentira de vida, para dejar de improvisar, para dejar de sostener la bandeja y servir la cicuta que dará el golpe de suerte, el golpe de libertad.

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