Lamentos y suspicacias son fideos de otro plato.

Individuos que conocen muy bien las recetas, pero eso no significa que conozcan los sabores.
Aquellos ojos desean el encuentro con el cocinero, con todo lo que ello implica, la cocina, las manos de quién sigue el algoritmo pero que también pone un condimento incomparable e inigualable llamado experiencia, tacto o bien talento.
Por el contrario, se encuentran con la fría mirada del mesero, aquel que nunca dedica una completa atención, una presencia ausente, una contradicción funcional y performante pero carente de empatía.
Sin más preámbulos que intenten secuestrarme de la decepción recibida y percibida, busco algo en mí plato, no sé explicar qué y así, comienzo a acariciar los bordes de los ingredientes con los utensilios. Con la comida no se juega, me decían.

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