Al final de la jornada laboral, tomé la decisión de escapar de mí mente.

Fui al cine donde exhibían un Thriller y por supuesto busqué el asiento más al centro tanto vertical y horizontalmente.
Los anuncios habían concluído, las luces estaban por apagarse cuando de repente el acomodador completó el único asiento vacío de la sala, casualmente, el que estaba a mí lado.
Divisé una bella mujer, cabello suelto enrulado, anteojos gruesos, piel suave y una sonrisa bajo perfil que robó mí atención.
La película empezó y en un principio olvidé su presencia, me sumergí completamente en la trama.
En los momentos más trágicos, entrelacé mis dedos y acaricié mis manos buscando consuelo.
En algunos momentos cálidos, tuve la pulsión de tomar sus manos, de mirar de cerca a través de sus lentes, pero no lo vi tan apropiado.
Al final de la función, cuando las luces se encendieron, desconecté mí cerebro del proyector, giré mí rostro hacia ella y me encontré con la desagradable decepción de su edad.
No me lo explicaba, no era lógico, pero comprendí que la tristeza de la trama absorbió la felicidad, la ansiedad y los nervios presentes en nuestros cuerpos.
Nos había desolado, corriendo su maquillaje, lavando mí perfume, ambos nos habíamos convertido en dos ancianos tristes al borde de la muerte.
Desconsolados, no encontramos más salida que fundirnos en un gélido beso y acto seguido, fallecimos en esa sala.

Quién sabe si habremos salido en los periódicos..
Quién sabe si habrán demandado al director.

Quien sabe que pasó con nuestras vidas.


Inspiración: El Beso (1897), Edvard Munch

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