Quise armar un camping en el balcón de mí hogar, un picnic como los de antes, con manta, platos y vasos de colores, pero me faltaba un gran ingrediente... La naturaleza... La naturaleza en todo su espectro.
El sol, el pasto, las hormigas, la tierra... El agua que forma barro en las muescas de mis zapatos, los olores a miel de los panales cercanos y la sensación de libertad, sin rejas a mis costados, sin barandas que contengan mí impulso o tendencia suicida.
La banquina de mí mente no es para nada física, no son las paredes de mí cerebro ni los huesos que lo componen, es la misma mente, los pensamientos que giroscopean, regulan y mantienen cerradas las reclusas de mí víctima alma.
Saltar el alambrado y correr en dirección contraria hacia donde se dirigen esos coches es lo que me salva en estos tiempos modernos, de gente alienada y sin más ojos que para sus pantallas, no importa el tamaño.
Maquillan sus rostros con promesas de juventud, tapan sus oídos con canciones sexistas creyéndose transgresores y culpan a su metabolismo por el cuerpo que no tienen, pero que desean a través de sus brillantes pantallas.
Ocupan su tiempo 'videando' y ahogando sus reprimidos deseos por ser otra persona, en lugar de tomar la iniciativa o el toro por las astas
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