Me siento nuevamente inquieto, como un pariente de un paciente que nada puede hacer más que sostener y comprimir entre sus manos, su triste abrigo. Una tarde fría que no necesita del calor de esa prenda ya que el sudor la abriga.
Estar como bola sin manija, como robot sin propósito o soldado sin guerra, vuelve ansioso al más sereno o traicionero al río más calmo. Es el ruido que irrumpe en la sesión de yoga, la curva de la figura alcista, el anti clímax, la tostada que sale quemada, el grano en la frente de un adolescente, la papa verde del paquete reducido, el hongo más prominente que se asoma en el queso o el gusano que parasita y sobrevive en la manzana.
No hay reset ante este juego, no hay barajar ni dar de nuevo, no hay amuleto ni pata de conejo.
Quien quiera vislumbrar soluciones en esta noche cerrada de invierno, será bienvenido sin mayor expectativa ni emoción por un ser apático.
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