Un hombre que vive preso de la justicia, del entorno, de su vida misma...
¿Puede acaso mirar por el rabillo de su ojo el rayo de luz que se manifiesta en el dulce campo de su ciudad?
¿No será un crimen prohibirle un respiro, adormecerlo y repetirle al oído que no tiene futuro?
La elección de tumbarse o no es de cada uno pero, ¿si este humanoide perdió el espíritu de lucha?
¿Si ama más al dolor que al propio amor, a la ciudad antes que al campo o a la celda antes que a su patio?
¿No se necesita una pizca de actitud o tal vez de personalidad para debatir en los congresos del infinito?
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